Declaraciones de Eran Kolirin, director de "La banda nos visita"
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Cuando era niño, los
míos y yo solíamos ver películas egipcias. Se trataba de un hábito bastante
frecuente en las familias israelíes allá por inicios de la década de los 80.
Los viernes, la tarde acabándose, veíamos con aliento entrecortado aquellas
tramas enredadas, los amores imposibles y la pena desgarradora de Omar Sharif,
Pathen Hamama, I’del Imam, y el resto de aquella gente en el único canal de
televisión que el país tenía. Realmente, eso era raro en una nación que llevaba
la mitad de su existencia en estado de guerra con Egipto, y
la otra mitad en una especie de paz fría, distante, con sus vecinos del
sur. A veces, tras el
film árabe, emitían la actuación de la orquesta de la Autoridad para las
emisiones israelíes (IBA). Era una típica orquesta árabe compuesta casi en su
totalidad por judíos árabes procedentes de Irak y Egipto. Cuando uno piensa en
la orquesta de la IBA,
acaso la costumbre de ver películas egipcias parezca algo menos inaudito. Hace mucho que la
película árabe ha desaparecido de nuestras pantallas. La televisión se ha
privatizado, y hay una maraña de quinientas cincuenta y siete, o quién sabe
cuántos canales que se ciernen sobre nosotros. La orquesta de la IBA se desmanteló. Ahora
tenemos la MTV, y
la BBC, y la RTL, e "Israeli
Idol", y canciones pop, y anuncios de 30 segundos. De tal modo que ¿a
quién importan ya las canciones de cuarto de tono que duran media hora? Luego, Israel
levantó el nuevo aeropuerto, y se olvidaron de traducir al árabe los carteles
de la carretera. Entre los miles de tiendas que construyeron allá, no hallaron
sitio para esa escritura extraña, ensortijada que es la lengua madre de la
mitad de nuestra población. Es fácil olvidar las cosas que H&M, y Pull and
Bear, y Levi’s, etc... nos hacen
olvidar. Con el tiempo, hemos llegado a olvidarnos de nosotros mismos. Se han
hecho muchas películas refiriéndose a la cuestión del porqué no hay paz pero,
al parecer, son pocas las que se han hecho hablándonos del porqué necesitamos
la paz por encima de todo. Ya no vemos lo obvio en medio de conversaciones que
se centran en las ventajas económicas y en los intereses. Acabada la jornada,
mi hijo, y el hijo de mi vecino se encontrarán —estoy seguro de ello— en
cualquier gran área comercial de neones parpadeantes, bajo el cartel gigante de
McDonald’s. Puede que haya cierto bienestar en ello, no lo sé. Pero de lo que
no hay duda es que hemos perdido algo por el camino. Hemos trocado el amor
auténtico por el sexo de noche única; el arte por el comercio; y el contacto humano, la magia de la
conversación por la cuestión de cuan grande es el trozo de pastel que podemos
agenciarnos. |