Declaraciones de Wayne Wang, director de "Mil años de oración"
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Cuando
leí el relato de Yiyun Li Mil Años de
Buenos Deseos me quedé fascinado con la idea de que el lenguaje pueda
actuar como agente liberador y represor de la expresión de un individuo. En
cierta medida puedo sentirme identificado con Yilan, una divorciada de la zona
central de Estados Unidos cuyo marido chino regresa a Pekín mientras que ella
se queda y continúa su aventura amorosa con un rumano casado (que en la
película se ha cambiado por un ruso). Hablando con su padre que ha ido a
visitarla desde Pekín, Yilan dice que el hecho de hablar inglés la ha liberado: "Baba, si te educan en una lengua que jamás se utiliza para expresar
sentimientos, te será fácil adoptar otra y hablar más en ella. Te convertirá en
una persona distinta." Pero
su padre nota que Yilan habla muy poco, especialmente con él. Aunque se sienta
libre dentro de la cultura angloparlante, no le transmite libertad. Se ha
cerrado las puertas a toda opción de realización personal con la excesiva
libertad alcanzada en Estados Unidos. Ahora es libre para amar a otro hombre,
libre para divorciarse, libre para mantenerse ella misma, libre para estar terriblemente
sola. Yo quise explorar esta paradoja. La
soledad de Yilan es obvia y queda patente desde el momento en que su padre se
reúne con ella. Su vivienda es oscura, árida y carece de detalles que pongan de
relieve una vida plena. Cuando el señor Shi fisgonea en el dormitorio de su
hija mientras ella está trabajando y ve todos los objetos que hay en la cama, se
da cuenta que sus noches están pobladas de cosas y no de relaciones íntimas.
Mientras están cenando suena el teléfono y Yilan corre a contestar pero queda
desilusionada al comprobar que se trata de una teleoperadora. Que su vida
amorosa no le pertenezca, sino que esté dirigida por otros, es un misterio que
el señor Shi se siente obligado a resolver. Ésa
es la estructura básica que he construido para esta película: quería que fuera
un misterio que Shi trata de aclarar. Al llegar a un país extraño para ver a
una hija extraña (porque no se han visto desde hace muchos años), Shi empieza a
levantar una a una las distintas capas de la vida de su hija como si se tratase
de las muñecas rusas de su tocador. Puede que los padres chinos se sientan con más
derecho que los padres occidentales a investigar la vida privada de sus hijos
adultos para ayudarles a "recuperarse" de una mala situación. Tras conocer el
fin del matrimonio de su hija y haber asumido de inmediato que es una mujer
abandonada que necesita ayuda, se dedica a husmear en los recovecos de su vida
para desentrañar la verdad. Una verdad que al ser revelada también resolverá
misterios de su propio pasado. Ambos se verán abocados a enfrentarse con un
ayer que preferirían haber mantenido enterrado. Sus historias están íntima e
irrevocablemente entretejidas puesto que son padre e hija y ninguno de ellos
puede escapar al legado de la
China de la Revolución Cultural. |