Festival de Málaga. Crónica diaria
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La XIII edición del Festival ha cerrado con un palmarés casi modélico, de esos que ya querrían para sí muchos otros festivales: pocas sorpresas y las que ha habido, que alguna tiene que haber, explicables y defendibles en la mayoría de los casos. En un palmarés muy repartido, las grandes ganadoras han sido las grandes favoritas: Rabia y Bon appétit. El inquietante thriller de Sebastián Cordero se alzó con la Biznaga de Oro a la mejor película: un premio casi incontestable para una cinta muy sólida. El premio a la mejor dirección fue a parar a Juana Macías, por su opera prima Planes para mañana. La película no es nada del otro mundo, pero se entiende que el Jurado haya querido premiar la labor de dirección de la joven realizadora madrileña que no ha tenido miedo de estrenarse con una historia contada a cuatro bandas. El premio a la mejor actriz fue para Marisa Paredes, por El dios de madera. Un premio que suena a diplomático teniendo en cuenta que, algunas de las películas presentadas, tenían repartos abrumadoramente femeninos (es el caso de Planes para mañana o La vida empieza hoy) y no es plan de premiar a todas las actrices (como hicieron con Volver en Cannes). Así que premio para una gran actriz que era la única mujer en una película (por cierto, bastante mala). Los premios a los actores de reparto fueron para Alex Brendemühl, por Rabia, y Aurora Garrido, por Planes para mañana. Finalmente, un premio sorprendente y otro cantado. El premio de la crítica fue a parar a La vida empieza hoy, de Laura Mañá (decisión extraña que fue acogida con cierta sorna por más de uno: “¡Cómo está la crítica!”, comentó uno de los críticos españoles más veteranos). No sorprendió, sin embargo, que el premio del público fuera a parar a una cinta tan nostálgica y emotiva como Héroes. En definitiva, un buen palmarés que cierra un digno Festival donde se ha visto que, además de variedad, hay calidad en una buena parte del cine español. El Festival ha cerrado la Sección Oficial con dos películas de buen nivel: Circuit es una interesante reflexión sobre las relaciones sentimentales con el mundo de la moda como telón de fondo. La cinta, dirigida por el catalán Xabier Rivera, está interpretada, entre otros, por Vicent Martínez, Leticia Dolera y Sophie Auster (hija del escritor Paul Auster). Destaca en Circuit una estética cuidada al milímetro y un guión que, sin caer en el discurso, muestra con contundencia la superficialidad que rodea a muchas personas que viven en un mundo de apariencias. Mucho menos intelectual resultó la nueva propuesta de David Serrano. Una hora más en Canarias es una comedia de enredo que resulta mucho más divertida de lo que su planteamiento -poco original- promete. No es nada del otro mundo, pero hay trabajo de guión, hay desarrollo de los personajes, hay buen diseño de producción y los actores no chirrían. Probablemente no habrá premio para ella, pero divertirá al público; a ese público que, en el fondo, lo único que quiere es divertirse en una sala de cine sin que insulten a su inteligencia. El catalán Pau Freixas (Cactus, Cámara oscura)
ha conseguido emocionar a más de uno con un drama bien construido e
interpretado, que devuelve a los años 80 y recuerda inevitablemente al Verano azul de Antonio Mercero. Entre las quinielas de favoritos para la Biznaga de plata sigue ganando Rabia, el thriller de Sebastián Cordero. Después de tanto drama, una comedia y un thriller. La jornada ha cambiado de géneros y, tanto el público como la crítica, lo han agradecido. La comedia La vida empieza hoy es la historia de un grupo de ancianos dispuestos a disfrutar los últimos momentos de su vida. Laura Mañá (Morir en San Hilario, 2005) dirige con buena mano esta historia coral, bien interpretada y con algunos diálogos divertidos. Lástima que la realizadora catalana se centre tanto en la vida sexual de los ancianos -con algunos pasajes un poco escabrosos- y no se abra a otros temas que le hubieran dado un juego cómico más amplio. La segunda película de la jornada fue Rabia, un inquietante thriller firmado por el ecuatoriano Sebastián Cordero que cuenta la relación entre una empleada doméstica y un albañil que decide ocupar en secreto la casa donde ella trabaja. La película del director de Crónicas (2004) maneja con precisión el ritmo y mantiene la tensión hasta el final, gustó mucho y es una seria candidata para la Biznaga de plata. La historia, basada en una novela de Francisco Casavella, no es original, pero el desolador retrato del mundo de la drogadicción tiene fuerza y sorprenden positivamente algunas decisiones formales, todo menos improvisadas, que hablan mucho del deseo de contar una historia sin recurrir al efectismo y apelando a la inteligencia del espectador. Rodero llena su historia de elipsis, tratadas de forma diferente: hay saltos en el tiempo, hay escenas en segundos planos difuminados y hay un radical plano secuencia de una cortina roñosa que oculta un larguísimo y angustioso chute. Habrá quien acuse a Rodero de pretencioso imitador de cine francés, pero el espectador agradece que en una película, en el fondo tan didáctica y desgarrada, le dejen algo a la imaginación. Otro de los logros de la película es contar con un ecléctico acompañamiento musical que rompe el tono, un tanto monocorde, de la narración. La segunda película de la jornada, El dios de madera, es una de esas historias que no acabas de creerte, también por culpa de acumulación de elementos extravagantes: dos inmigrantes, uno negro y otro árabe, que se alojan en el piso de una viuda sexagenaria que tiene un hijo gay. La viuda se enamora del negro y su hijo del musulmán. Quizás sea falta de apertura mental pero, por buena actriz que sea, Marisa Paredes no consigue convencer en su idilio con el joven vendedor del top manta. La realización es correcta, pero poco más. La película está ubicada en otro barrio semimarginal, esta vez en Valencia. Con tanta marginalidad se entiende que ayer se agotaran las entradas para Bon apetit. La de David Pinillos quizá sea una película “antifestivalera” pero, desde luego, es la que más convence, de momento, al público. Eso, y el paseo marítimo. La jornada comenzó con otra opera prima... de historias cruzadas.
Parece que debe ser más difícil escribir una buena historia que rodar
unos retazos (aunque para eso está la sección de cortos, digo yo). Propios y extraños, la película de Manolo González,
arranca con una idea sugerente: un programa de radio de madrugada donde
la gente llama, en definitiva, para confesarse. La primera historia -la
de un sepulturero que no puede evitar violar a los cadáveres- hace
temer lo peor. Y así es. González mete en su película un
catálogo de todas las miserias, problemas, rarezas, curiosidades y
enfermedades de la sociedad actual: el paro, la soledad, el maltrato
doméstico, el racismo, la prostitución de lujo y la de no lujo, el
sadomasoquismo... Hay de todo, personas chantajeadas, abusadas,
maltratadas, cojas, mancas... Y uno a la décima historia truculenta
sólo quiere que aparezca en escena la portera de su casa que se queja
de los vecinos pero es relativamente feliz, o el panadero de la esquina
que no suele moverse por el mundo del hampa, o su primo Pepe o... Carmen Machi... lo que sea pero respirar un poco. En la rueda de prensa se vio que a la crítica la película no le había gustado ni mucho ni poco. El pobre Manolo González
recibió el varapalo con humildad y reconoció que quizás sí había muchos
tópicos en la película. Seguro que la segunda le sale mejor porque la
cinta no está mal rodada y el nivel de producción es más que aceptable. Parte de la culpa de este enganche, todo hay que decirlo, la tiene la pareja protagonista, un Unax Ugalde atinadísimo y con un papel que le viene como anillo al dedo, y la actriz alemana Nora Tischner (Kebab Connection). Por cierto, la alemana protagonizó la anécdota curiosa de la rueda
de prensa. Por culpa de la nube del volcán de Islandia no ha podido
viajar a Málaga pero se conectó con ella por videoconferencia y se
confirmó lo que se ve en la película, que la chica además de buena
actriz, es muy simpática y que ha debido pasárselo pipa rodando con el
equipo español. Resulta un tanto estridente el salto al vacío de este primer día de Festival. Del refinamiento de la ópera de Saura al cine más patrio que sigue mirando de reojo a Alfredo Landa. La primera película a concurso (la de Saura no entra) ha sido Que se mueran los feos, de Nacho García Velilla, una comedia bastante básica protagonizada por Carmen Machi y Javier Cámara, una especie de todo el mundo es bueno, en plan universal y campestre. El punto gamberro ayudó a que entrara mejor el debut de Juana Macías, Planes para mañana,
un asfixiante drama sobre las vidas cruzadas de cuatro mujeres. La
cinta tiene su interés, está bien rodada y no hay que quitarle méritos
a una opera prima, pero hay que reconocer que al film de Macías
se le ven excesivamente las costuras de principiante. Nada de lo que
cuenta resulta original: ni los cruces de vidas, ni el modo de cruzarse
(¡otra vez un accidente!), ni la forma de hacer avanzar el drama que
acaba resultando tedioso. No hay originalidad en los temas (el
planteamiento a ratos es de un simplismo que sonroja) ni en los
personajes; Goya Toledo está bien, pero ya la hemos visto en papeles similares y Carmen Elías sobreactúa -también como casi siempre- y vuelve a conseguir que el público la odie. Fuera de la Sección Oficial, un par de cortos muy recomendables, Señales, de José Ángel Lázaro, y La historia de siempre, de José Luis Montesinos. Habrá que seguirles la pista. El Festival arrancó literalmente pasado por agua. Sin embargo, la lluvia persistente no evitó que los aledaños del teatro Cervantes se llenaran de cinéfilos, aficionados al cine o simples curiosos. La película -que sigue los pasos de un joven libertino discípulo de Casanova, Lorenzo da Ponte, y su relación profesional con Mozart mientras dan forma a la opera Don Giovanni- es de una belleza visual apabullante. Saura funde el teatro con la ópera y el cine para ofrecer un festín de música y claroscuros. La puesta en escena es impecable -con su punto de originalidad en el tratamiento de los fondos y el paisaje- y la narración del proceso de gestación de la ópera se sigue con interés. Lástima que al guión le falte un poco de desarrollo de personajes y que la sensación final sea la de un drama algo artificial. Sí, algo así como una ópera. En cualquier caso, es un arranque más que digno que puso alto el pabellón del Festival. |