Holmes, del papel al celuloide
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Creado por Sir Arthur Conan Doyle en 1887, el detective más famoso
de la Inglaterra victoriana se mantiene más vivo que nunca. Su propio
autor intentó matarlo en alguna ocasión, pero su éxito entre los
lectores de la época fue tal que, al final, siempre acababa
resucitando. Holmes sobrevivió incluso a su creador: cuatro novelas y
56 historias cortas no bastaban para unos lectores ávidos de más
misterios y, sobre todo, de más muestras del ingenio ilimitado de su
protagonista (acompañado siempre por su fiel ayudante Watson), y se comenzaron a publicar obras apócrifas, en ocasiones adjudicadas al propio autor. Por supuesto, el cine no ha podido dejar de hacerse eco de la
popularidad de uno de los personajes literarios más amados y
reconocibles. Tanto en adaptaciones de Conan Doyle como en casos
originales, el detective ha mantenido su ingenio
siempre vivo. Robert Downey Jr. y Jude Law son los últimos de una
larga lista de Holmes y Watson cinematográficos. Para comprender la importancia de Holmes en el cine, habría que decir que es uno de los personajes de ficción que
más veces se ha llevado a la gran pantalla, junto con el conde
Drácula o Tarzán. Entre las primeras interpretaciones, destaca la que hizo John Barrymore, abuelo de la actriz Drew Barrymore, en una cinta muda de 1922; o Francis Ford, hermano del director John Ford, en la adaptación de Estudio en escarlata en 1914. Otro actor que dejó huella con su interpretación de Sherlock fue el
norteamericano William Gillete en 1916, quien adaptó al cine una obra
de teatro escrita por el propio Doyle. La actuación de Gillete ayudó a configurar la imagen del personaje. De
hecho, es a partir del libreto utilizado como nace la tan famosa frase "Elemental, querido Watson", que Doyle nunca usó en sus relatos. El testigo lo cogió Christopher Lee en 1962 en una coproducción entre Alemania, Francia e Italia titulada El collar de la muerte. En esta cinta se hacía alusión a Jack el destripador,
nuevo enemigo de Holmes. Cinco años más tarde es Billy Wilder quien versiona
al detective en La vida privada de Sherlock Holmes (1970), en la cual se juega con la misoginia del personaje, y se sugiere, y al tiempo se derriba, una relación homosexual entre los dos protagonistas. La siguiente adaptación merecedora de mención aparece en 1978, Asesinato por decreto, en la que se vuelve a ver un cara a cara entre Holmes y el destripador. Pero esta vez, acorde con nuevos tiempos, más espectaculares, se alían conjuras masónicas, drogas alucinógenas y corrupción. Aún habremos de citar otra obra peculiar, como es Sin pistas, una obra fresca gracias a sus intérpretes y a una trama un tanto original. El doctor Watson es un escritor afamado por sus narraciones ficticias de Sherlock Holmes; pero el éxito llega a tal punto que se le demanda que el sagaz detective sea presentado en sociedad, por lo cual habrá de buscar a un actor, un tal Reginald Kincaid, acabado y alcoholizado, amén de notoriamente idiota. Embarcados en una aventura, habrá de ser el inteligente Watson el que haya de sacar de problemas al torpe Holmes... En fin, no cabe duda que, después de más de un siglo, desde que en 1887 Sir Arthur Conan Doyle nos presentase a ese detective en Estudio en escarlata, la llama de esa fascinación prosigue viva. |