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La venganza de los Sith. Maestros, aprendices y uso del poder.

El autor, catedrático de Filosofía, nos ofreció en 2002 una glosa antropológica sobre el guión de los episodios I y II de Star Wars. Las películas reflejaban el cambio de los valores socialmente aceptados, especialmente por los jóvenes. El estreno de la última película de la saga permite interesantes comentarios sobre la relación entre Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi. 2005/02/06

El autor, catedrático de Filosofía, nos ofreció en 2002 una glosa antropológica sobre el guión de los episodios I y II de Star Wars. Las películas reflejaban el cambio de los valores socialmente aceptados, especialmente por los jóvenes. El estreno de la última película de la saga permite interesantes comentarios sobre la relación entre Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi.

 

 

Cuando en El Imperio contraataca (1980), Vader confiesa a Luke Skywalker que es su padre, todos los seguidores de la serie se preguntaron: ¿cómo es posible que un Jedi, excepcionalmente dotado como Anakin Skywalker, pudiera caer en el Lado Oscuro de la Fuerza? Esta pregunta se resuelve en estos días con la presentación de La venganza de los Sith. La respuesta puede explicar, además, porqué tantas personas, al llegar a la adolescencia, se transforman hoy día en alguien irreconocible, o cómo la propia sociedad occidental dotada de los mejores medios, con una capacidad para la creación técnica que supera todo lo anterior, con unas posibilidades culturales extraordinarias es -a la vez- un lugar raquítico desde el punto de vista moral, donde la persona se ahoga.

Ya se ha analizado con anterioridad la relación entre Luke y su padre como modelos de héroe. Puede ser éste un buen momento para reflexionar sobre este proceso de decadencia moral tal como nos lo cuenta George Lucas en la última película. Por ello, junto con la propia película puede ser muy interesante fundar la reflexión sobre el libro escrito a partir del guión original.

Normas morales versus desarrollo personal

Lo que el mismo Lucas ha definido como "la corrupción de un alma" sigue un proceso muy definido: en primer lugar, es característico de Anakin la poca importancia que da a las normas. En el libro, se dirá: "Obi-Wan ve en Anakin tanto de Qui-Gon que a veces se le encoge el corazón. Como mínimo, Anakin tiene la misma afición de Qui-Gon a lo teatral, así como su desprecio casual por las normas" (p. 24). No puede decirse que no sea hoy algo prototípico del joven -e incluso del adulto- tal como lo diseña la publicidad: alguien que está más allá de las normas, que no se deja constreñir por ideas que otros han creado previamente. En clave kantiana, se piensa que es un individuo maduro quien sólo juzga desde su propio criterio; es alguien inmaduro quien atiende a normas que le trascienden.

Paralelamente se desarrolla un extraordinario afecto hacia ciertos individuos. Éste es notorio en Anakin como elemento positivo de su carácter y algo parecido puede indicarse de nuestros jóvenes: su dedicación radical a aquellos a los que aman. Justamente cuando se despidan por última vez como amigos, Obi-Wan le recordará -tal vez como último punto de anclaje- esa extraordinaria virtud de su discípulo:

"-Eres sabio y fuerte, Anakin. Eres un orgullo para la Orden Jedi y has superado con mucho mis humildes esfuerzos de instrucción.
Anakin sintió que su propia sonrisa se tornaba melancólica.
-El otro día decías que mi poder no significaba nada.
-No me refiero a tu poder, Anakin, sino a tu corazón. La grandeza que hay en ti es una grandeza de espíritu. Valor y generosidad, compasión y compromiso. Ésas son tus virtudes -dijo Obi-Wan con amabilidad-. Has hecho grandes cosas, y estoy muy orgulloso de ti" (p. 187).

Sin embargo, es a la vez el antídoto de la necesidad de normas morales: la persona que ama de forma concreta parece no necesitar principios generales de actuación. Es más, las normas se entienden sólo como algo externo, impuesto, incompatible con la propia vivencia libre.

El mal y el bien dentro de nosotros

En El Ataque de los clones, Anakin volvió a Tatooine, su planeta de origen, en busca de su madre. Los días precedentes han sido momentos de temores y presagios, de sueños desventurados. Anakin encuentra que la han raptado unos moradores de las arenas. Cuando llega al poblado, sólo puede sostener su último aliento entre sus brazos. Todo su poder se despierta en forma de furia no dejando a nadie con vida: hombre, mujeres, niños, animales. Esa actuación completamente desproporcionada y contraria al espíritu Jedi, asienta un temor en su corazón: la existencia, latente, de una maldad oscura en el fondo de su ser.

Posiblemente no exista nada tan turbador para la lucha moral como experimentar la presencia del mal dentro de nosotros. Esa propuesta, por su apariencia irracional, por su fortaleza en determinados momentos, puede llegar a conmocionarnos e, incluso, a llevarnos a la conclusión de que eso somos realmente nosotros, esa parte oscura que luchamos por reprimir.

En primer lugar, por su amenaza constante. Parece estar siempre presente. En segundo lugar, porque la lucha se entabla con la propia oscuridad que reside dentro de uno como si fuese algo que hay que eliminar. Es frecuente que la solución a este dilema moral se entienda como una alternativa: o a favor de las pasiones o a favor de la razón. En realidad, ambos modelos morales están lastrados de origen: el primero sólo acepta esa fuerza como expresión del ser más auténtico de la persona, pero es reacción al otro que sólo considera que la parte racional es la única expresión del ser humano. Ambos son hijos del dualismo. La persona son ambos elementos: por eso, el equilibrio consiste en integrarlos en la persona, aceptándolos y jerarquizándolos.

Poder frente a responsabilidad

Es indudable que Anakin ha crecido y se ha perfeccionado. Sin embargo, su poder no ha crecido de forma paralela a su capacidad para usarlo. Anakin ha recibido ese poder de forma tan sencilla, con tan escaso esfuerzo, que no se siente responsable de él. No sabe lo que cuesta, no conoce el beneficio o el daño que traerá consigo si se usa bien o mal de él. Todos son conscientes de esto. Primero, el Consejo Jedi: "Skywalker es, posiblemente, el Jedi más poderoso que existe, y cada día es más y más fuerte, pero no es estable. Tú lo sabes. Lo sabemos todos. Por eso no se le puede otorgar el Maestrazgo. Debemos mantenerle fuera del Consejo pese a sus extraordinarias habilidades" (p. 121). El mismo Obi-Wan, en tono casi de súplica, le dirá ante el rechazo de su pretensión a ser Maestro de la Orden Jedi: "¿cómo puedes ser Maestro Jedi cuando aún no eres maestro de ti mismo?" (p. 161).

Se suele decir que la madurez se demuestra en la toma de decisiones, pero éste es sólo un aspecto externo -el menos importante- de la madurez. Lo importante como indicativo de la madurez no es la decisión en sí sino el modo como se ha tomado: si se tenía experiencia previa, si se han medido los pros y contra, si se pone toda la persona en la decisión, si -paradójicamente- se ha pedido consejo, si no se hace de forma atolondrada. Tomar decisiones es muy fácil, construirse a partir de ellas ya no es tan sencillo. Eso precisa tiempo, disposiciones y aprendizaje.

La tentación del Lado Oscuro

Sin embargo, no es extraño que el joven no se entere y se sienta especialmente valorado por quien le regala falsos elogios. Ésta es la trampa que -ya desde El ataque de los clones- cierra Palpatine sobre Anakin y que explica el progresivo alejamiento de éste hacia la Orden a la que pertenece y de los ideales que defiende, hasta el extremo que se presenta cuando Obi-Wan le pide, por decisión del Consejo Jedi, que vigile el comportamiento cada vez más cercano a la tiranía de Palpatine: Anakin se pone del lado del Canciller.

Esta transformación sucede, en primer lugar, porque fijado en lo concreto, los principios generales le parecen cada vez más vaporosos. Éste es el segundo motivo de alejamiento: justamente por su debilidad de carácter, su extraordinario crecimiento en la fuerza no permite que los Jedi puedan confiar en él. Hay que reconocer que los grandes Jedi –Mace Windu y el propio Yoda- no dan la talla en toda esta tragedia: se presentan como malos jugadores de estrategia frente a Palpatine. No pueden confiar en Anakin, con el que mantienen una relación de distancia y recelo, pero no pueden prescindir de él. Esto explica que la grieta abierta en el episodio II entre Anakin y Obi-Wan -bastará recordar la dura queja que hace contra él delante de Padmé al comienzo de su misión de protección hacia ella- no crezca especialmente. Éste ha dejado de recordarle que es sólo un aprendiz -como hacía constantemente en El ataque de los clones- y lo trata como un igual. Ahora, toda la tensión se dirige hacia el Consejo. Palpatine lo tiene muy sencillo: él sí puede confiar en Anakin porque lo problemático del joven le fascina. En él no hay diferencias entre lo que pide y sus valores morales, porque no tiene valores morales. Por eso, pese a la profunda convivencia con Obi-Wan y Anakin, pese a que sean más que hermanos, Palpatine se convierte en su confidente. Más que eso, conseguirá transformarse en su cómplice.

Anakin se instala en una situación todavía más aguda. Ese amor hacia algunas personas, esa lealtad innata, puede convertirse en obsesión y desesperanza. El recuerdo de su madre se hace presente con Padmé embarazada. Vuelven los presagios, los miedos, que profetizan una muerte cercana de su amada: no sobrevivirá al parto. Cuando intenta acudir al más sabio de los Jedi, al Maestro Yoda, sólo encuentra una respuesta: la conformidad con la providencia. El conocimiento de que la caducidad forma parte de nuestras vidas, de que "con el tiempo, hasta las estrellas se consumen" (p. 111). La situación emocional de Anakin no puede consolarse con esta respuesta: para él no existen los grandes principios. Sólo existe él y los que ama. Aquí se instala Palpatine, en la inmediatez del deseo, en la propuesta del yo. Cuando se abre un abismo entre los principios morales y los deseos, cuando lo oscuro amenaza con convertirse en la única realidad, la persona deja de moverse por lo que debe hacer y sólo busca lo que quiere hacer. Después de esto, la elección se ha consumado. Estando lejos Obi-Wan, el único vínculo emocional que le ligaba al bien, Anakin consuma un paso iniciado mucho antes.

El lado oscuro como tentación

Podría pensarse que Anakin ha estado justificado para este tránsito y que, a fin de cuentas, entre los Sith y los Jedi, entre el mal y el bien, no hay una diferencia tan grande. El eje del discurso de Palpatine, como el de la vieja sofística griega del siglo IV a.C., es el relativismo: "Puede que la verdadera diferencia entre los Jedi y los Sith sólo radique en la elección del camino. Un Jedi obtiene poder mediante la comprensión, y un Sith obtiene comprensión mediante el poder. Éste es el verdadero motivo por el que los Sith siempre han sido más poderosos que los Jedi. Los Jedi temen tanto al Lado Oscuro que se aíslan del aspecto más importante de la vida: la pasión. Pasión del tipo que sea. Ni siquiera se permiten amar". (p. 173).

Nietzsche, como gran "filósofo de la sospecha", ha presentado el afán por la verdad como un acto de decadencia, una incapacidad de afrontar la vida tras como la muestran los sentidos. Sin embargo, un análisis detallado nos presenta como esta visión esconde un modelo de vida egoísta, insolidario e infeliz. Promulga no el amor a la persona -a toda persona- sino la pasión hacia ciertos individuos. Del mismo modo que mi elección subjetiva hacia algunos es radicalmente favorable y pongo todo mi ser a su servicio, también puedo odiar a los demás -e incluso hacia esos mismos- de forma igualmente radical. Al no haber una medida objetiva sino mi propia impresión subjetiva, la apreciación es cambiante y lo mismo que lleva al afecto, puede llevar al desprecio. Sólo quien tiene normas universales, que buscan el amor a la persona como tal, a toda persona, puede superar el peligroso dilema de la discriminación. Al entender el modo como ven a los demás seres humanos los Sith y los Jedi se advierte la doble moral de la que habla Nietzsche: la moral de los señores y la moral de los esclavos. Desde esta categorización, la primera parece más plena, pero desde el campo de los hechos no caben dudas de la perfección superior de la segunda.

Así, Dooku representa ese desprecio hacia la persona común que no cuenta para él: "para Dooku los demás seres son, sobre todo, abstracciones, simples bocetos esquemáticos que se dividen en dos categorías básicas. La primera es "valiosos", seres que pueden ser utilizados para servir a sus diversos intereses. Entre ellos estuvieron durante buena parte de su vida, y hasta cierto punto ahora mismo, los Jedi (…) La otra categoría es 'amenazas'. En este segundo grupo incluye a todos los seres inteligentes que no puede incluir en el primero. No hay una tercera categoría" (p. 46). En cambio, el Jedi vive y muere pensando en los demás. "Sumido en el vaapad, Mace Windu luchaba por su vida. Más que por su vida. Cada giro de su hoja y cada chasquido relampagueante era un golpe en defensa de la democracia, de la justicia y la paz, de los derechos de los seres corrientes a vivir a su manera. Luchaba por la República que amaba" (p. 247).

Pero donde más se manifiesta esa distancia es en los resultados. Palpatine le ha ofrecido un amor pleno con Padmé si acepta el lado oscuro. Sin embargo, Padmé es una de las primeras víctimas de Lord Vader. Ésta es la mayor tragedia que Anakin tiene al despertarse tras haber sido derrotado por Obi-Wan. Dentro de ese traje siniestro del que no podrá librarse nunca más, Anakin, conversando consigo mismo, descubre el daño terrible que se ha hecho -y ha hecho a los que ama- al pasar al lado oscuro:

"-¿Padmé? ¿Estás aquí? ¿Estás bien?
Lo siento mucho, Lord Vader. Me temo que ha muerto. Parece ser que la mataste en tu rabia.
Esto te quema mucho más que la lava.
-No… No, ¡no es posible!
Tú la querías. La querrás siempre. Nunca podrías desear su muerte.
Nunca.
Pero lo recuerdas…
Lo recuerdas todo.
Recuerdas el dragón que quisiste matar liberando a Vader de tu corazón. Recuerdas el frío veneno en la sangre de Vader. Recuerdas el horno que fue la furia de Vader y el negro odio con el que apretaste el cuello de ella para acallar su boca mentirosa…
Y entonces hay un momento luminoso en el que por fin comprendes que no hay ningún dragón. Que no existe Vader. Que sólo estás tú. Sólo Anakin Skywalker.
Que todo eso eras tú. Tú.
Solo tú.
Lo hiciste tú.
Tú la mataste.
La mataste porque, al final, cuando podrías haberla salvado, cuando podías haberte ido con ella, cuando podías haber pensado en ella, estabas pensando en ti mismo…
Es en este momento abrasador cuando por fin comprendes la trampa que es el Lado Oscuro, la crueldad definitiva de los Sith" (p. 312).

Obi-Wan: modelo final de héroe

Pero el mal también puede ser rechazado cuando se advierte la grandeza profunda de aquellos que se vinculan sin duda con el bien. Ese es el caso de Obi-Wan, cuya figura crece a lo largo de este episodio III hasta convertirse en modelo de héroe. No cabe duda de que Obi-Wan es un verdadero Jedi y que sacrifica su vida personal. Como nos lo describe el libro, es "un piloto fenomenal al que no le gusta volar. Un guerrero devastador que preferiría no luchar. Un negociador sin rival que preferiría permanecer sólo en una cueva tranquila y dedicarse a meditar" (p. 23). Ha continuado madurando, ha sabido adaptarse a la dualidad que crece en Anakin (fortaleza exterior-inestabilidad interior) abandonando la postura paternalista del episodio II. Sabe que Anakin es mejor que él en muchos sentidos, y no le importa.

Como hemos visto, Palpatine se mueve "como pez en el agua" en una dialéctica muy habitual del discurso moral contemporáneo: una propuesta moral objetiva, clara y permanente: la de los Jedi, que tiene todo eso pero está poco fundada desde el punto de vista antropológico: no es "experta en humanidad", es distante, fría y no se vincula con los aspectos existenciales. Enfrente, la actitud de los Sith, centrada en el valor del individuo, en la lógica del poder y de la dominación, ideal para estar en la cumbre, pero inhóspita si se vive desde la base. Parecemos repetir el mismo esquema que vivió la sociedad griega en el siglo IV a.C. De un lado, los poetas; de otro, los sofistas. En medio, Sócrates, tan actual, tan existencial como los sofistas; tan objetivo, tan universal como los poetas.

Obi-Wan es el Sócrates de esta historia. Esa es su grandeza pero también su tragedia. Como puente entre el Consejo y Anakin, sufre la suerte de éste. Sabe lo terrible que resulta ocultarle cosas, impedirle el acceso al maestrazgo, y aunque comprende la necesidad de estas medidas, no deja de dolerse por ello. Porque en última instancia, Obi-Wan es el gran triunfador de esta historia. Él vence a Anakin, pese a que éste es notablemente superior pero ni siquiera renuncia a su alma en este momento: "El hombre al que se enfrentaba era todo aquello que Obi-Wan se había comprometido a destruir. Asesino. Traidor. Jedi caído. Señor de los Sith. Pero aquí, y ahora, pese a todo… Obi-Wan seguía queriéndolo" (p. 302). Al vencerle, no le mata cuando ha quedado indefenso y destrozado por la acción de la lava. Tal vez habría puesto fin a los años siguientes de dolor, pero eso habría sido indigno de alguien como él: "Al final sólo le quedó una elección. La elección que había hecho muchos años antes, cuando pasó sus pruebas para ser Caballero Jedi y juró ser un Jedi por siempre. Al final seguía siendo Obi-Wan Kenobi, seguía siendo un Jedi, y no mataría a un hombre indefenso" (p. 305).

Obi-Wan aprenderá la última lección: sólo el amor puede vencer al mal. En el episodio IV se volverá a una situación paralela a la de la gran pelea con la que culmina La venganza de los Sith. Vader vuelve a enfrentarse con Obi-Wan y éste se sacrifica para que todo lo que él es, pase al joven e inexperto Luke y éste sea capaz de pronunciar aquellas palabras que sintetizan todo el aprendizaje del maestro y que son la respuesta a la petición del Emperador de que Luke pase al lado oscuro: "Yo soy un Jedi, como mi padre antes que yo". En definitiva, lo distintivo -lo propio- del bien es el amor y éste es el único capaz de anular la aparente superioridad del mal. Con esa esperanza -resuelta en los episodios IV, V y VI- concluye el episodio III: "la oscuridad es generosa, y es paciente, y siempre gana…, pero en el corazón de su fuerza reside su debilidad: una sola vela basta para mantenerla a raya. El amor es algo más que una vela. El amor puede encender las estrellas".

Miguel Ángel García Mercado