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Máscaras y espejos para un individuo arrinconado

La modernidad contemporánea nos ha traído el aire fresco de la tolerancia respeto al "otro" que se presenta como diferente, y también el sentido de la libertad individual frente al abuso de poder, ejercido muchas veces por el Estado o por poderosas corporaciones económicas. A su vez, en el siglo pasado asistimos al surgimiento de diversos regímenes totalitarios, cuyo planteamiento controlador ha sido heredado por otros en este nuevo milenio, bajo la máscara de una democracia que muchas veces esconde un rostro de hipocresía o que impone un pensamiento dominante.

La modernidad contemporánea nos ha traído el aire fresco de la tolerancia respeto al "otro" que se presenta como diferente, y también el sentido de la libertad individual frente al abuso de poder, ejercido muchas veces por el Estado o por poderosas corporaciones económicas. A su vez, en el siglo pasado asistimos al surgimiento de diversos regímenes totalitarios, cuyo planteamiento controlador ha sido heredado por otros en este nuevo milenio, bajo la máscara de una democracia que muchas veces esconde un rostro de hipocresía o que impone un pensamiento dominante.

 

 

Denuncia política, drama humano

El cine -que aspira a ser espejo de la sociedad- se ha hecho eco de este fenómeno, y dejado para la historia algunas cintas emblemáticas, auténticos documentos de época que buscan conciliar denuncia política y drama humano, investigación de complicadas tramas de corrupción y tremendos calvarios personales. Recientemente, películas como El mensajero del miedo (Jonathan Demne), El jardinero fiel (Fernando Meirelles) o Syriana (Stephen Gaghan) abordaban esos maridajes y complicidades, trabados entre el afán de poder y el beneficio económico de unos pocos sin escrúpulos. Como decíamos, en ocasiones el objetivo de la cámara se ha orientado hacia un real o hipotético Estado autoritario-totalitario, siempre proclive a sembrar el miedo como mecanismo de control, a manipular la información según conveniencia política, o a estandarizar al individuo y reducirlo a un ser acrítico como medio de aletargar su conciencia y anular cualquier pensamiento disidente.

Reacciones

Ante este abuso de poder, hay quien ha reaccionado -en el celuloide y en la pantalla- desde la acción más o menos violenta en su particular ajuste de cuentas, y también quien ha preferido -o más bien se ha visto obligado a ello- hacerlo desde la conciencia personal, de modo pacífico y testimonial. Partidarios de la primera respuesta son, en estos días, los terroristas de V de Vendetta (James McTeigue) o los ladrones de Plan oculto (Spike Lee), mientras que la joven alemana Sophie Scholl (Marc Rothemund) o el sacerdote belga de El noveno día (Volker Schlöndorff) han optado por enfrentarse a la injusticia desde su testimonio e integridad personal. Todos estos "justicieros" se enfrentan a abusos injustificables en los que se han visto involucrados y que exigen acciones heroicas por su parte, aunque no siempre obedecen a las mismas motivaciones: en unos casos se vislumbran sentimientos más o menos contaminados por el odio y la venganza, mientras que en otros responden más bien a atropellos cometidos contra la dignidad de la persona y ante los que no están dispuestos a callar.

Plan oculto, V de Vendetta

En el prólogo de Plan oculto, Dalton Russell alerta ya al espectador sobre el perfecto atraco bancario que va a relatarle, guardándose entonces la carta del verdadero objetivo para el final, de forma que el suspense quede asegurado. Una vez cometido el asalto, ladrones y rehenes se ocultarán bajo el mismo disfraz de "mono de trabajo" y máscara de costumbre. De esta manera, unos y otros aparecerán indiferenciados, y al anonimato del cubrirse el rostro se sumará el de mezclarse entre la gente corriente hasta sembrar la confusión entre buenos y malos, hasta borrar la línea que separa el bien del mal. Es parte de la estrategia de un plan tramado durante toda una vida, la misma que ha empleado V en su venganza personal contra un hipotético Estado totalitario que -como el nazismo- también ha anulado al individuo: su ocultamiento bajo la máscara rígida y sonriente podría hacer pensar en un nuevo Batman salvador, aunque más bien parece buscar el aglutinar al pueblo bajo una idea de revolución común, y despertarlo así del sopor en que se haya... con el atentado de la Torre de Londres. El reparto de máscaras idénticas entre los ciudadanos así parece apuntarlo, diluyendo la voluntad individual en un deseo colectivo y en cierta medida anónimo, en masa irresponsable conducida por un líder carismático (curiosamente, lo mismo que trata de combatir y desterrar). Aparte de máscaras, anonimato y violencia, ambas propuestas tienen en común el tratarse de producciones americanas, en ser concebidas como películas más narrativas que "de construcción de personajes", y en jugar con la ficción -incluso con un toque futurista- desde posturas idealistas y en ocasiones utópicas.

Sophie Scholl, El noveno día

No es ése el enfoque de los dos acercamientos alemanes a su pasado nazi. Tanto la joven Sophie como el padre Kremer responden a personajes históricos, a los que se enfrentó a una muerte segura si no renunciaban a sus ideas y delataban a sus amigos. Se les arrinconó en un dilema de conciencia, y ésta se erigió en pauta de conducta y modo de oponerse al abuso irracional. Su opción no es la violencia sino la coherencia y el testimonio pacífico, no sin antes intentar otro tipo de estrategias para salir del paso. Y al poner el acento en el aspecto personal, tanto Rothemund como Schlöndorff no necesitan de máscaras ni de armas, sino que prefieren espejos que dejen ver la verdad y donde se refleje la libertad interior, en estos casos ligadas a unas convicciones religiosas. Es otro modo de resistir y de hacer frente a la violencia física, informativa o psicológica. Y también otro modo de hacer cine, más verdadero, más real, más personal... Y en esto también se diferencia la "máquina de sueños" americana de la cinematografía europea.

Julio Rodríguez Chico