Ágora

| 03/07/2009

Amenábar rueda un peplum millonario que fascina visualmente pero no termina de convencer.

Alejandro Amenábar  A. Amenábar, Mateo Gil  Xavi Giménez  Nacho Ruiz Capillas  Dario Marianelli  Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac, Ashaf Barhom, Michael Lonsdale, Rupert Evans, Homayoun Ershadi, Omar Mostafa, Oshri Cohen, Sammy Samir, Richard Durden  Fox  126 minutos  Jóvenes-adultos

España, 2009

Demasiada tesis

A Alejandro Amenábar hay que reconocerle tres cosas: que sabe hacer cine, que no le da miedo arriesgar y que es muy listo. A los 24 años y sin terminar Imagen y Sonido dirigió Tesis, una cinta que demostró algo que ahora con los Rec, Orfanato, Infectados y demás nadie duda: que el cine español sabe y puede hacer thriller. Después de Abre los ojos y Los otros -cuando parecía que iba a especializarse en el suspense –- dio un cambio de tuerca rodando Mar adentro, un drama ideológico basado en la vida de Ramón Sampedro. Ahora vuelve –aparentemente- al cine de género para resucitar el peplum, ese cine de aventuras ambientado en la antigüedad grecorromana que tuvo su edad de oro en la década de los 50 y 60 con títulos emblemáticos como Ben-Hur, Los diez mandamientos o Espartaco.

Para revisitar el género, Amenábar recoge la historia de Hipatia, una filósofa y matemática que vivió en Alejandría en los siglos IV y V. No se conserva ninguna de sus obras pero se sabe de su existencia gracias a las cartas y documentos redactados por uno de sus discípulos, Sinesio que fue obispo de Cirene. También se sabe que murió asesinada por una horda de fanáticos.

En Ágora se notan, mucho y para bien, los 50 millones de euros de presupuesto que han convertido la película en la mayor producción del cine español. La recreación de Alejandría es sensacional, Amenábar ha confesado que quería que el espectador se paseara por las calles de la gran ciudad egipcia y lo consigue gracias a unos monumentales decorados construidos para la ocasión. La iluminación, el vestuario, el modo de rodar… todo conduce a un cine artesano, muy cuidado, cine del de antes.

Sin embargo, este esplendor formal no llega a cuajar en una buena película. La tremenda historia de Hipatia a la que Amenábar dibuja con rasgos de santa en medio de una sociedad de intolerantes religiosos conmueve intelectualmente pero no llega a emocionar. ¿Razones? No es culpa de los actores que están muy correctos, especialmente una templada Rachel Weisz que se nota muy bien dirigida (y si no, lean las declaraciones de la actriz que confirman que la idea de Hipatia que hay en la pantalla es de Amenábar… y de nadie más). Tampoco falla el ritmo ni el medido metraje. En este sentido, el cineasta ha vuelto a demostrar su inteligencia haciendo caso a los que le recomendaron -después de su paso por Cannes- que recortara la película (eliminó 15 minutos).

Me parece que el problema de Ágora es que padece un exceso de ideología y eso se nota en el guión. Amenábar dice que su película es una crítica al fanatismo religioso mientras niega que sea una cinta anticristiana. Esta negación se hace más categórica cuando manifiesta que “desde luego, no es contra los cristianos de hoy”. Al margen de astutos lemas de marketing (si los “cristianos de hoy” no van a ver su película no recuperará los millones invertidos), es difícil que quien vea la película no perciba su acerada crítica al cristianismo. Amenábar construye una historia bastante documentada pero también sutil y torcidamente maquillada y, entre línea y línea de guión, destila sus consignas: la religión y la ciencia son enemigas incompatibles, el cristianismo acaba con la razón, la fe va unida a la violencia y al rechazo de la dignidad y los derechos de la mujer… Para ilustrar esas afirmaciones, pone el foco en algunas cosas –en parte verdaderas- y silencia otras. Por ejemplo, no hay nada del proverbial carácter aguerrido del pueblo alejandrino que antes de a Hipatia mató de igual forma a unos cuantos obispos, no se dice nada tampoco de los muchos filósofos cristianos contemporáneos a Hipatia, no existen cristianos coherentes ni se muestra el habitual trato aberrante a la mujer en las religiones antiguas (que fue una de las causas de que tantas mujeres se convirtieran al cristianismo).

Aunque hay que reconocer que Amenábar intenta no caer en el maniqueísmo, al final le ha salido  -en una época especialmente compleja- un cuadro simplista de buenos y malos. Y además, con tanto esfuerzo por armar su tesis y arrimar el ascua de la Historia a su sardina, se olvida de que el cine, para convencer y emocionar, además de Historia, se necesitan historias, personajes, claroscuro, tramas secundarias… y un poco de contexto.

Ana Sánchez de la Nieta

Category: Críticas

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