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Los muñecos de Dan Brown



Pocas cosas más tontas y aburridas que una novela de Dan Brown. Entre ellas, una película de
Ron Howard basada en una novela de Dan Brown. 

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""; //-- ... Ángeles y demonios [2009]
Estados Unidos  (Angels & demons)

Ron Howard  David Koepp, Akiva Goldsman  Salvatore Totino  Daniel P. Hanley, Mike Hill  Hans Zimmer  Tom Hanks, Ewan McGregor, Ayelet Zurer, Stellan Skarsgård, Pierfrancesco Favino, Nikolaj Lie Kaas, Armin Mueller-Stahl  Sony Pictures  138 minutos  Adultos 

Pocas cosas más tontas y aburridas que una novela de Dan Brown. Entre ellas, una película de Ron Howard basada en una novela de Dan Brown. 

 

 

Los productores de este disparate grotesco, aburrido y anodino, lo promocionan de una manera que mueve a la obediencia: “Cuenta al mundo la verdad” es el mandato imperativo que campea en unos carteles con Tom Hanks planchado y lavado, con cara de estar calculando sin maquinita la raíz cuadrada de 13527 entre unos ángeles que se han quedado de piedra ante el irresistible soplo de sabiduría gnóstica de los muñecos de Dan Brown.

Contemos, con presteza, la escueta verdad cinematográfica. Ángeles y demonios es una superproducción hollywoodiense al uso, con las más tópicas fantasmadas del cine de acción más populachero, todo brillante y lujoso, recién salido de fábrica. El director, los guionistas, el director de fotografía, el compositor de la música y el diseñador de producción compiten para ver si logran superar a los actores en número y calidad de despropósitos.

Es una cinta cara. Su alto precio es directamente proporcional a la tosquedad de su estructura dramática, que recuerda la de un telefilm saldado, de esos que se programa en una televisión local un sábado a las 8 de la mañana para sufridos trabajadores que salen del turno de noche e inician la aproximación a los dominios de Morfeo.

La primera hora y media es, en ese último sentido, altamente eficaz: causa un sopor muy rico. Cuando el espectador dormita en la butaca llega el clímax final, que en aras de la imprescindible espectacularidad remata el poco crédito que le quedaba a un guión-chistera del que han salido porque sí una legión de conejos travestidos de corderos. Es la traca final de una verbena populachera.

Unos monigotes (no se puede hablar de personajes) parlotean necedades inverosímiles con cara de estar desvelando los secretos mejor guardados, con arrugas en la frente de tanto darle al magín. La trama, simple como el agujero de una rosquilla, es una sucesión de carreras con derrapes macarrillas por las calles de Roma, que se producen tras el descubrimiento siempre elemental y bobalicón de una pista que se logra sin el más mínimo esfuerzo. Una gymkana, por tanto, en la que dos pánfilos (un Langdon con cara de hemorroides  y una física nuclear suiza que actúa y se expresa con la soltura y el recorrido dramáticos del cuco de un reloj) persiguen a un asesino que va eliminando, en sangrientos y siniestros rituales celebrados en iglesias romanas a los cardenales preferiti (Dan Brown, te queremos, qué bien conoces los secretos del Vaticano, gracias por abrirnos los ojos) sustraídos de un cónclave donde la Iglesia puede dejar de ser oscura y perversa para ser clara y científica.

Los guionistas Koepp y Goldsman han maquillado algunas sandeces de la novela y eliminado algunas peroratas divagantes, pero se mantienen fieles al fino espíritu de Brown, retratando audiovisualmente su lograda estupidez de negro sobre blanco, destacada y meritoria, pero lejos del exclusivo nivel alcanzado en El código Da Vinci, posterior en papel, anterior en película.

Vienen al pelo las palabras del socarrón y malévolo Orson Welles: “Muchas personas están demasiado educadas para hablar con la boca llena, pero no se preocupan por hacerlo con la cabeza hueca”.

Alberto Fijo


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