Denuncia desacomplejada
Cenizas del cielo
[2008]
España
José Antonio Quirós
Dionisio Pérez, J. A. Quirós
Álvaro Gutiérrez
Fernando Pardo
Ramón Prada
Celso Bugallo, Clara Segura, Gary Piquer, Fran Sariego, Beatriz Rico, Txema Blasco, Raquel Evia, Eduardo Antuña, Nicolás Fernández Luna, Carlos Kaniowski
Universal
96 minutos
Jóvenes-adultos
Pol Ferguson (Gary Piquer) es un escocés que dedica su vida a recorrer el mundo a bordo de una caravana y a escribir guías turísticas de aquellos lugares que visita. Su último periplo por el norte de España se ve interrumpido cuando su vehículo se avería durante su travesía por Valle Negrón, una población asturiana cuya principal seña de identidad es una inmensa central térmica que condiciona todas las vidas y las actividades rurales del paraje, desde la agricultura a la pesca, pasando incluso por la fertilidad de sus habitantes. En tan peculiar microcosmos, Ferguson traba amistad con Federico (Celso Bugallo), un anciano campesino que lleva cuarenta años luchando para que la central sea cerrada, y que tiene depositadas todas sus esperanzas en que el protocolo de Kyoto le ayude a ver cumplido su objetivo. El realizador de Pídele cuentas al rey (recordemos, la historia de un minero asturiano en paro que pretendía ser recibido por el monarca para reclamar su derecho a un trabajo digno) recupera en Cenizas del cielo los paisajes, las situaciones y la temática de hombre solo frente al progreso de su primer largometraje, alcanzando incluso un punto más de madurez que en su ya estimable anterior obra. José Antonio Quirós y especialmente el buen hacer de un espléndido Celso Bugallo consiguen que el personaje de Federico resulte tan entrañable, honesto y verdadero que logra por si solo que una trama que parece carne de progresismo de salón mantenga casi en todo momento los pies en la tierra. Esta es la principal virtud y a la vez la cruz de la cinta, porque cuando la historia se desvía hacia el resto de personajes que pueblan el valle y sus subtramas culebroneras, la fuerza del relato cae en picado, y sólo se hace digerible a través de la mirada naturalista y jocosa que mantiene en todo momento Quirós. Parece que el realizador y los propios guionistas son conscientes de ello, ya que únicamente se preocupan de ofrecer una conclusión razonable y satisfactoria al personaje de Bugallo, dejando abiertas las historias de los demás, incluido un romance entre el escocés y una lugareña que no hubiera pasado nada si se lo hubieran ahorrado. Más allá de sus defectos, el filme gustará especialmente a aquellos que conciban que, en la más firme denuncia social, puede caber la ternura, la calidez y, por qué no, la ingenuidad. Juan Claudio Matossian