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Von Trier, entre la anarquía y la rigidez



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Dinamarca / Suecia / Francia

Lars Von Trier  L. Von Trier  L. Von Trier  Molly Stensgaard  Jens Albinus, Peter Gantzler, Iben Hjejle, Louise Mieritz, Mia Líen  Golem  100 minutos  Adultos 

 

 

Con una filmografía que incluye títulos de gran nivel como Rompiendo las olas (1996) o Bailar en la oscuridad (2000), Von Trier, cumplidos ya los 50, ha explorado en casi todo el reverso tenebroso del ser humano: de la violencia a la esclavitud, de la soledad al desamparo, del miedo al asco. Pocos podrían imaginar que en plena trilogía americana (le queda Wasington), en la que apenas deja lugar para la compasión, se concediera una pausa para rodar una comedia.

Con El jefe de todo esto vuelve a cambiar la apariencia física de una película en base a un nuevo concepto de rodaje, la Automavisión, y que básicamente consiste en reducir al máximo la influencia humana, colocando la cámara en un punto de la escena sin nadie detrás del objetivo, y estableciendo una serie de parámetros que ha de cumplir cada toma para que resulte válida. Sin cambios de color ni mezclas de sonido, la arbitrariedad juega a favor de los cortes bruscos, los cambios de intensidad o de tonalidad en las luces y los encuadres partidos.

La anarquía y la rigidez del autor de Europa vuelven a ponerse en juego, saltándose sus propias reglas y entrando en la película por medio de la voz en off en tres ocasiones. La primera al inicio del filme, donde advierte que estamos ante una comedia ligera; la segunda, hacia la mitad para reflexionar acerca de las reglas de la comedia clásica; y la tercera, al final, para despedirse del espectador.

El danés se impone de nuevo como autor, pero en esta ocasión su excentricidad es capaz de arrancar la carcajada más mordaz e irónica a través de un actor que tiene que hacerse pasar por el presidente de una compañía, una artimaña urdida por el fundador de la empresa para evitar el desgaste de las decisiones difíciles. Risas conseguidas en gran parte por la dirección de actores, marcadamente teatral -no en vano el protagonista se refiere a Henrik Ibsen en varias ocasiones-, con un texto que logra escarbar en las envidias, las falsedades y los intereses menos nobles que se cuelan por las rendijas de este surrealista colectivo empresarial.

Será "porque la vida es como el cine Dogma y cuesta oírla”, que Von Trier se entretiene en un divertimento deliberadamente menor, que encara con grandes dosis de sarcasmo las políticas empresariales o las diferencias entre Dinamarca e Islandia, invitándonos una vez más a dejarnos atrapar en sus redes. Redes de un genio o de un farsante, discutan los espectadores...

Marta Romero
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