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Otras visiones de los críticos de Fila Siete



Y Jackson también renunció al anillo



Claro que El señor de los anillos no era esto. La verdadera Tierra Media es distinta, única y
maravillosa para cada uno de los que devoramos las páginas de la obra de Tolkien . El escritor
labró un impresionante universo mitológico con el poder irresistible de las palabras, que
bien escogidas obran el milagro de la sugerencia: miles de puertas se ... La comunidad del anillo [2001]
EE.UU.  (Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring)

Peter Jackson  Fran Walsh, Philippa Boyens  Andrew Lesnie, A.C.S.  Howard Shore  Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen, Sean Astin, Liv Tyler, Billy Boyd  Aurum 

Y Jackson también renunció al anillo

Claro que El señor de los anillos no era esto. La verdadera Tierra Media es distinta, única y maravillosa para cada uno de los que devoramos las páginas de la obra de Tolkien. El escritor labró un impresionante universo mitológico con el poder irresistible de las palabras, que bien escogidas obran el milagro de la sugerencia: miles de puertas se abren a las imaginaciones hambrientas.

Peter Jackson, el realizador de la adaptación cinematográfica, sabe que su guerra es otra. Su baza no era contar El señor de los anillos como Tolkien o mejor que Tolkien, sino aportarle otra fuerza mágica, creadora de sugerencia: las imágenes. Y para ello eligió el camino correcto, el de la grandiosidad.

La película es un espectáculo grandioso, abrumador, siempre en busca de añadir la imagen más fiel posible a una lectura objetiva de Tolkien. Pero también siempre humilde, consciente de sus limitaciones: la Tierra Media no cabe en una película, aunque dure tres horas. Aunque echemos de menos a Tom Bombadil. Y hay que reconocer que, por ejemplo, Cate Blanchett es la mejor Galadriel posible después de la que yo me imaginé leyendo el libro.

No. Jackson, como Gandalf, no quiso coger el anillo del poder. Consciente de sus limitaciones, se centró en acompañar al verdadero héroe de la Tierra Media. Gandalf le protege con su magia; Legolas, con su arco, Gimli, con su hacha; Aragorn y Legolas, con sus espadas... Y Jackson con su cámara. Porque el anillo sólo lo podemos llevar nosotros, los lectores, espectadores y demás hobbits.

Ángel Peña

Genuino lenguaje cinematográfico

Hace casi un cuarto de siglo, una película que revolucionó el cine extendía ante el espectador, con una perspectiva nunca antes vista, un texto para explicar la prehistoria de La guerra de las galaxias que iba a presenciar. Aunque sea ya clásico -por lo que Lucas sigue utilizándolo aún hoy-, el recurso a la letra impresa constituye un lenguaje poco fílmico. Peter Jackson, para introducirnos en El Señor de los Anillos, ha transcrito el poema de ocho versos con el que Tolkien prologó su epopeya a imágenes en movimiento. En una vertiginosa sucesión de escenas, presenciamos cómo el Señor Oscuro forjó los tres anillos para los reyes elfos, los siete para los enanos y los nueve para los reyes de los hombres, antes de fundir el Único para atraerlos y gobernarlos a todos, y así atarlos en las tinieblas. Contemplamos la batalla que, al pie del Monte del Destino, libra la última alianza entre elfos y hombres contra el Señor Oscuro; observamos cómo el rey Isildur corta el Anillo de la mano de Sauron, para después perderlo, y cómo, dos mil años más tarde, lo encuentra Gollum, antes de que el Anillo pase a manos del hobbit Bilbo. A través de uno de esos mapas que Tolkien adjuntó a su obra, el director nos conduce a Hobbiton, donde arranca la historia. El espectador no lee, ve; esta secuencia es genuino lenguaje cinematográfico. ¡Qué lástima que la música no pueda medirse con la que compuso John Williams para Lucas, hace casi un cuarto de siglo!

José M. García Pelegrín

Universo recreado

La encomiable fidelidad al texto que persigue Peter Jackson hace que ciertos pasajes de la película se hagan excesivamente largos; sin embargo, estamos ante un espectáculo apabullante, no sólo de efectos especiales muy bien integrados y de decorados fascinantes, sino también de paisajes evocadores y perfecto casting.

Sin duda, disfrutarán más quienes hayan leído el libro, pues el que no ha visitado sus páginas puede llegar a perderse en el rico universo mítico de Tolkien convertido en imágenes.

Juan Velarde

Un libro de cine

La historia del anillo de poder y de los portadores que deben destruirlo para salvar la Tierra Media ya ha llegado a nuestros cines. Los progresos en materia de efectos han permitido que la leyenda se haya hecho accesible al gran público.

La fotografía de Andrew Lesnie, la dirección artística de Dan Hennah y una prodigiosa elección de localizaciones se han unido en perfecta simbiosis para recrear la Tierra Media y la multitud de razas que la pueblan, potenciando el carácter legendario de la narración. La selección de personajes es muy acertada, no sólo por el parecido con las descripciones de Tolkien, sino por la capacidad de concentrar la evolución de los mismos, fundiendo los mil matices con que el escritor los va definiendo. El único que sale mal parado en la ecuación es Boromir. Frances Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson, construyen un personaje excesivamente previsible, malvado desde un principio pero con escenas de intensa ternura. Ese salto hace que el personaje pierda solidez y credibilidad, sobre todo en comparación con la construcción del resto de integrantes de La comunidad del anillo.

A mi juicio, la mayor virtud técnica del film es la bellísima planificación de grandes panorámicas y magníficos movimientos de cámara, y un buen uso del ritmo que sabe dar a cada pasaje el tempo exacto. Así, la primera parte, que transcurre en La Comarca, es sosegada en comparación con las secuencias posteriores, como la trepidante y vertiginosa persecución de los jinetes negros. La banda sonora se convierte también en impulsora del ritmo. La partitura de Howard Shore posee momentos de intensa emoción heróica, junto a piezas de gran lirismo. Con todo, hay ocasiones en las que la presencia de la música en la película es excesiva.

Salvando los fallos de raccord, el descuido de algunos diálogos, la pobreza de algunas escenas y una ingente cantidad de información difícilmente asimilable por el espectador, El señor de los anillos ha conseguido reflejar lo mejor del libro: la aventura, la fuerza de la amistad y la atmósfera mítica que creó Tolkien para un mundo que no difiere tanto del nuestro.

El problema es que la novela es algo más que un relato de aventuras. Tolkien construyó un universo inmenso, compuesto de mil matices, con pasado, presente y futuro... imposible de plasmar en el cine. Motivo que puede inducir a los entusiastas del libro a contemplar el metraje con mirada recelosa. Aunque sea comprensible que los amantes de Tolkien no le perdonemos a Jackson que haya eliminado de un plumazo el relato de la espada quebrada en dos y vuelta a forjar, es necesario desprenderse de prejuicios para disfrutar de esta hermosa película.

Laura Montero

FilaSiete