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Del alemán al inglés



Diez años después, el realizador austriaco rueda una calcada versión de su truculenta
Funny games... por si alguien no se enteró en alemán.

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""; //-- ... Funny games [2008]
Estados Unidos / Francia / Alemania / Italia

Michael Haneke  M. Haneke  Darius Khondji  Monika Willi  Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt, Brady Corbet, Devon Gearhart, Boyd Gaines, Siobhan Fallon Hogan, Robert LuPone, Susanne Haneke, Linda Moran  Warner  111 minutos  Adultos 

Diez años después, el realizador austriaco rueda una calcada versión de su truculenta Funny games... por si alguien no se enteró en alemán.

 

 

En 1997 Michael Haneke presentó en Cannes Funny games. La película ganó el premio Fipresci de la crítica internacional y propició un vivo debate entre seguidores y detractores. Con motivo de la edición en DVD (un DVD que tuvo una estupenda acogida quizás, entre otras cosas, porque la película duró poco en cartelera y porque es mucho más saludable ver esta cinta con el mando a mano) Haneke reflexionaba en una entrevista sobre su película: lo que pretendía era una crítica sobre la manera que tienen los medios -especialmente el cine- de mostrar la violencia.

En esa entrevista -muy ilustrativa por otra parte- el realizador austriaco desarrolla su teoría (lo malos que somos los humanos, compulsivos consumidores de violencia) y concluye con una frase con la que no puedo estar más de acuerdo: uno ve esta película solo si tiene obligación de verla porque, en cierto modo, es una tortura al espectador (en este caso, el crítico).

Tesis y explicaciones aparte, está claro que a Haneke le seduce la violencia, lo ha demostrado en muchos de sus filmes desde El video de Benny (una casi precuela -protagonista incluido- de la primera versión de Funny games) a La pianista; le gusta regodearse en la mente torturada y sinsentido de un asesino, y lo hace tanto que resulta raro oírle hablar después de denuncia.

Por otra parte es cierto que Haneke rueda bien, que consigue montar de forma que destroza los nervios al personal, que el contraste entre el tono dramático y cómico es eficaz, que el lentísimo tempo consigue hipnotizar... pero todo esto ¿para qué? Y si esta primera pregunta se la hacía el espectador en 1997, ahora la cuestión es más grave. Porque, diez años después, Michael Haneke rueda exactamente la misma película, la misma historia de la familia bien torturada salvajemente por un par de jóvenes aparentemente normales. Los mismos planos, los mismos diálogos, el mismo tempo. Sólo cambian los actores. ¿Por qué hace Haneke esta reversión de sí mismo, además de para ganar dinero en EE.UU. e intentar de paso que lo gane Naomi Watts que, además de sufrir el film, lo coproduce? La verdad es que las interpretaciones del original (Susanne Lothar y el fallecido Ulrich Mühe) eran muy buenas.

Dice Haneke que ha querido hacerla otra vez porque el inglés es más universal y porque la reacción del público será distinta después de haberse estrenado películas como Saw y Hostel. Razones extrañas de un hombre muy extraño.

Ana Sánchez de la Nieta


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