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Frenazo y marcha atrás



Después de triunfar con Todo sobre mi madre y Hable con ella , en La mala educación Pedro
Almodóvar , a sus 52 años, extrema su atormentada visión de la homosexualidad al paso que
denuncia los casos de pederastia entre sacerdotes católicos. Precisamente, los dos
protagonistas de la película, Ignacio y Enrique , ambos gays, sufrieron en su infancia el
acoso sexual del padre Manolo , ... La mala educación [2004]
España

Pedro Almodóvar  Pedro Almodóvar  José Luis Alcaine  José Salcedo  Alberto Iglesias  Gael García Bernal, Fele Martínez, Javier Cámara, Daniel Giménez Cacho, Lluis Homar, Francisco Boira, Francisco Maestre, Juan Fernández  Warner Sogefilms 

Después de triunfar con Todo sobre mi madre y Hable con ella, en La mala educación Pedro Almodóvar, a sus 52 años, extrema su atormentada visión de la homosexualidad al paso que denuncia los casos de pederastia entre sacerdotes católicos. Precisamente, los dos protagonistas de la película, Ignacio y Enrique, ambos gays, sufrieron en su infancia el acoso sexual del padre Manolo, profesor de literatura y director del colegio donde estudiaron. Los tres personajes vuelven a reencontrarse dos veces más, a finales de los años 70 y después en los 80, siempre en un sórdido clima de venganza, pasión y autodestrucción.

Quizá para promocionar su película a través de la polémica, Pedro Almodóvar ha insistido en su denuncia a los sacerdotes pederastas y la Iglesia católica en general, sobre todo a su doctrina moral. Sin embargo, estos temas son marginales en la película y además están envueltos en un halo de irrealidad que desactiva su posible mala uva. Es difícil creerse al angustiado cura pederasta -cuyo macarrónico latín, por cierto, es propio de Astérix- y mucho menos a su brutal lugarteniente, un cura gordo capaz de matar de un golpe con la profesionalidad de Frank Nitty. Además, sus casos, como el de los demás personajes, se mantienen siempre dentro del submundo gay, dibujado con unos trazos extremadamente melodramáticos y no demasiado favorecedores. Sólo se sale de esa estricta ley del deseo el personaje de Javier Cámara, el más divertido y entrañable, junto con los de la madre y la tía del protagonista.

En cualquier caso, ese radical tono de culebrón se traduce en varias escenas sexuales muy groseras y en una artificiosa puesta en escena, espesa y aburrida. En este sentido, Almodóvar parece haber perdido la frescura y sustancialidad de sus últimos filmes, y aquí su cámara se hace notar demasiado, permite muchos excesos gestuales en las interpretaciones, se apoya demasiado en la música de Alberto Iglesias, y alarga hasta lo grotesco sus homenajes al cine negro, a la comedia clásica y a los espectáculos de variedades más casposos. Queda así una película desequilibrada y nada entusiasmante, que enfatiza llamativamente los defectos habituales de Almodóvar, y sólo permite atisbar alguna de sus virtudes.

Jerónimo José Martín