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Un desperdicio



El libertino de esta película es John Wilmot , segundo conde de Rochester, que "asombró" por
sus excesos a la sociedad de su tiempo en el tercer tramo del siglo XVII, durante la
restauración monárquica que siguió a la cruel dictadura puritana del siniestro Cromwell
. John Wilmot fue poeta, soldado, borracho, jugador y mujeriego y, como era de esperar, murió
joven. Su historia sirvió de ... The Libertine [2006]
Reino Unido

Laurence Dunmore   Stephen Jeffreys  Alexander Merman  Jill Bilcock  Michael Nyman  Johnny Depp, Samantha Morton, John Malkovich, Paul Ritter, Stanley Townsend, Rosamund Pike, Richard Coyle   Aurum 

El libertino de esta película es John Wilmot, segundo conde de Rochester, que "asombró" por sus excesos a la sociedad de su tiempo en el tercer tramo del siglo XVII, durante la restauración monárquica que siguió a la cruel dictadura puritana del siniestro Cromwell. John Wilmot fue poeta, soldado, borracho, jugador y mujeriego y, como era de esperar, murió joven. Su historia sirvió de modelo a su amigo y también escritor George Etherege en la obra The man of mode, una de las mejores obras de teatro de Gran Bretaña en aquella época (lo que no es mucho decir). El tema ha sido recuperado para el teatro por el joven autor contemporáneo Stephen Jeffreys, quien se ha encargado de escribir el guión y llevarlo a escena con unos amigos de talento, y éste es el problema principal.

En efecto, The libertine es, básicamente, un desperdicio de talento: un gran reparto desperdiciado, un escritor dramático echado a perder, unos prometedores fotógrafos que brillan por su ausencia, un buen músico eclipsado y un montador que intenta salvar los muebles como puede, y es una empresa imposible. La historia puede ser desagradable, lo que no es un obstáculo para llevarla a buen puerto, el problema es que hay mucho amateur que asume un papel para el que no está preparado. El primerizo director se ha creído, o ha querido emular a Kubrick, o tal vez a Fellini, cuando debía haberse reconocido sus propios límites e intentar llevar la obra a buen puerto.

Supuestamente debíamos asistir al ascenso y caída de Wilmot, pero sólo vemos -o entrevemos, ya que la cinta está rodada en gris y negro- unas borracheras sin sentido, alardes histéricos con pretensiones de grandeza. El plato fuerte debía ser un bello romance con la gran actriz de su tiempo, Elizabeth Barry (Samantha Morton), en el que se descubre que es un hombre con un insaciable amor por la belleza y el talento. En la obra de teatro se destaca, en la cinta queda anulado en medio de la grisura reinante y otros excesos. Las dos grandiosas escenas finales resultan igualmente planas y el público, escaso, que vaya a verla sólo recordara los dos soliloquios de Johnny Depp, el inicial y el final que hace lo que puede para salvar los escasos muebles de esta malograda aventura.

Fernando Gil-Delgado
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