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Fellini 8 y ½



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Federico Fellini  Tullio Pinelli, Federico Fellini, Ennio Flaiano, Brunello Rondi  Gianni di Venanzo  Nino Rota  Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Anouk Aimée, Sandra Milo, Rossella Falk, Barbara Steele, Mario Pisu, Guido Alberti  Cameo  140 minutos;  Adultos 

 

 

En 1963, después de dirigir siete películas y media (Boccaccio 70, un capítulo en una obra colectiva) y acuñar su nombre co­mo cineas­ta imprescindible, Federico Fe­lli­ni sufrió un bloqueo creativo. De ahí nació Fe­llini 8 y ½. Esta explicación, que Fellini de­fendía o desmentía según el ca­so, confirma el indudable sabor autobiográfi­co de una cinta que cuenta la crisis vital de un director de 50 años incapaz de levantar su nueva película y sometido a un torbellino sentimen­tal que protagonizan las mujeres de su vi­da: su mu­j­er, su aman­te, su musa, una pros­tituta a la que co­noció siendo niño y su di­funta madre.

La mayoría de las listas de cierta entidad in­cluyen esta película entre los mejores títu­los de la Historia del Cine. Y motivos hay.  Fe­llini 8 y ½ es una película tan críptica y com­pleja como hipnótica. Lo primero que sub­yuga es la estética de sus imágenes. Ro­da­da en un insultantemente bello y rotundo blanco y negro (del que Fellini fue siem­pre ferviente defensor), 8 y ½ es una ma­gistral lección de cine: todo el tratamien­to visual trabaja a favor de la historia, to­do de­semboca en el juego fantasía-realidad que tiene lugar en la cabeza del cineas­ta, y ese todo va desde los encuadres a la fo­togra­fía, al baile de planos y de luz, a la mez­cla musical de los temas de Nino Rota con la ópera de Wagner -una mezcla magní­fica que está en el origen de la idea de con­vertir 8 y ½ en un musical-, y a la extra­vagante puesta en escena que recorre los imposibles es­cenarios de la mente del di­rector (desde las curiosas termas habitadas por insólitos per­sonajes hasta el extraño andamiaje donde se va a rodar la pelícu­la).

Sin embargo, esta poderosa arquitectura vi­sual no sepulta el verdadero valor del film, que es un interesante -y contradictorio, como Fellini- tratado sobre el cine y, en concreto, sobre el papel del director. En es­te sentido, hay estupendos diálogos que, co­mo el resto de la cinta, son dignos de estu­diarse en cualquier escuela de cine. Hay tam­bién una reflexión sobre la búsqueda de la autenticidad del hombre, una constante en el cine de Fellini, que llegó a confesar en una entrevista publicada en 1965 en “Ca­hiers du cinema” que siempre estaba rodan­do la misma película, “la de unos persona­jes en busca de sí mismos, de una más au­téntica fuente de vida, de un ir más allá de los convencionalismos en busca de algo pu­ramente individual”. Esta búsqueda es evi­dente en la figura de Guido Anselmi, mag­níficamente interpretado por Marcello Mas­troianni, un personaje de éxito angustia­do por su pasado -que le pide echar cuen­tas- y bloqueado ante el futuro.

Esta reflexión y búsqueda se dan en me­­dio del caos propio del cine de Fellini, un caos que abre un abanico de numerosas lec­tu­ras. Hay en 8 y ½ una determinante pre­sen­cia de tradición de la Italia católica mez­cla­da con un ácido anticlericalismo, una desbor­dante sensualidad teñida de de­sen­canto (An­drew Sarris da en la diana cuan­do sostie­ne en sus Entrevistas con direc­tores de cine que Fellini fue un riguroso rea­lizador satírico de la orientación sen­sual del hombre moderno), una lúcida radiografía de la limitación de un ser humano de sueños ilimita­­­­dos.

La suma de tantos y tan valiosos elementos configura una película que, efectivamen­te, por méritos propios está entre las gran­des de la Historia del Cine.

La edición de Cameo, además de una imagen excelente, contiene algunos extras (entre­vistas a alguna de las actrices y un docu­men­tal sobre el cineasta italiano) que ayudan a enmarcar esta interesante película.

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