Sed de mal
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Podríamos intentar una panorámica sobre la filmografía de Orson Welles y aventurar una tesis sobre su personalidad y su calidad de artista, aunque dudo que cualquiera de nuestros hallazgos vaya a resultar novedoso. A estas alturas discutir el peso del magisterio fílmico de Welles está fuera de lugar. Que su genio tendía a eclipsar sus películas es casi un lugar común. Es celebre su habitual predisposición a desempeñar tareas más allá de las inicialmente previstas por él mismo o por los productores (v.gr. y por ejemplo, el montaje de Otelo, la voz de narrador en El cuarto mandamiento o el guión de El extraño). En Sed de mal he prestado especial atención a la singular interpretación del comisario Quinlan. Si en una infinidad de cintas el eje central del relato es el protagonista, en Sed de mal es el antagonista el personaje con más relieve, con más recorrido. Quinlan, un oscuro y atormentado capitán de la policía destinado en la frontera entre Estados Unidos y México, supone la creación más brillante de la película, un hito en la amplia carrera actoral de Welles. Sed de mal cuenta además con un libreto prodigioso sembrado de escenas de un vigor dramático arrollador en el que Shakespeare está mucho más presente de lo que cabría suponer. La realización no tiene menos nivel, con una fotografía y una planificación llena de hallazgos formales de una audacia sorprendente (baste recordar el celebérrimo plano-secuencia inicial). Las interpretaciones de Charlton Heston y Janet Leigh y la inspirada música de Henry Mancini se mueven en el territorio del sobresaliente. |