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100 años del nacimiento del gran Hitch. Hay un puñado de entrevistas míticas a cineastas superdotados. Una de ellas es la que nos ocupa. El hecho de que fuera Truffaut el que llevaba el magnetofón encendió la locuacidad del Hombre que sabía demasiado. Nada menos que 50 horas de diálogo fecundo, ida y vuelta sobre la construcción narrativa y visual de películas bien conocidas o, al menos, fáciles de ver en la tele o en vídeo. Hitch rodaba, en 1962, esa deliciosa tontería llamada Atrapa a un ladrón. Relajado y socarrón, seguía los esplendorosos paseos de Grace Kelly por los dominios de Rainiero, patito feo que acabaría casándose con el cisne. Truffaut, conteniendo la proverbial pedantería premiosa de la cinefilia gala, dirige al Mago buenas preguntas e interesantes reflexiones. Hitch, halagado por el interés de un buen cineasta, se muestra como lo que es: un tramposo genial, un animal de cine, un director de actrices, un romántico confeso y sin remedio. La receta para sentir la necesidad de ir a comprar este libro es volver a extasiarse ante el buceo de la cámara que busca la llave de la bodega en la mano de la más bella Ingrid. Claude Rains y Cary Grant tuvieron buena parte de culpa. La joya se llama Encadenados (Notorius, 1951). |