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Asi se Hizo... Casablanca (Parte II: del rodaje al estreno)



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El rodaje de Casablanca empezó la última semana de mayo de 1942, cuando la balanza de la II Guerra Mundial todavía se inclinaba del lado de las potencias del Eje; de ahí el espíritu patriótico que rezuma en algunos momentos. Las primeras escenas que se filmaron fueron las del flashback de París. Aunque no ocurren hasta bien entrada la película, Michael Curtiz decidió que era un buen punto de arranque: sólo involucraban a tres actores (los secundarios estaban todavía en otras producciones), podía filmarse en escenarios reducidos (el Rick's Café estaba todavía en construcción) y, sobre todo, permitía a los actores desarrollar su historia pasada antes de actuar en las escenas de Casablanca: escenas que, en general, giraban casi siempre en torno a esos recuerdos.

Pero, a pesar del bien estructurado calendario, pronto empezaron los problemas. El primer día de rodaje se arruinó por desajustes de sonido, lo que sentó como un jarro de agua fría nada más comenzar la producción; luego surgieron discrepancias entre el director y el camarógrafo, que tardaba mucho en iluminar los settings y retrasaba la filmación. Y, para colmo, Curtiz se despistó aquellos días más de la cuenta: la escena de Rick y Elsa en el coche, bajo el Arco de Triunfo de París, fue rodada sin grabación de sonido, y otra escena del flashback fue suprimida sobre la marcha. Nunca sabremos qué se decían los protagonistas en esa toma, presentada en la cinta con una música envolvente. El montaje, una vez más, se encargó de arreglar este punto.

Pero si el rodaje sobrevivía apenas al caos, las relaciones entre los actores parecían naufragar en la frialdad más absoluta. Ingrid Bergman, que había visto más de diez veces El halcón maltés para adecuar su interpretación a la de Bogart, se sentía fuera de lugar viendo que el consagrado actor la esquivaba en todo momento. Al fin supo la razón: Mayo, la celosa mujer de Humphrey, estaba convencida de que su marido se iba a enamorar de ella, y visitaba frecuentemente el set para espiarles tras las cámaras. Bogart, para evitar malentendidos, había decidido estar con Bergman lo mínimo indispensable, y prefirió no darle demasiadas explicaciones.

Cuando llevaban diez jornadas de rodaje, la producción se trasladó al decorado más grande y costoso de la película: el Rick's Café Americain. Ese mismo día se incorporaron dos actores secundarios que actuaban en esas escenas (Peter Lorre y Sydney Greenstreet) y que ya habían trabajado con Bogart en El halcón maltés. Esta especial sintonía motivó un cierto sentimiento de euforia durante los dos primeros días; pero aún faltaba Víctor (Paul Henried), el apuesto líder de la resistencia, que estaba trabajando entonces en otra película; para no perder más tiempo, Curtiz decidió filmar trozos aislados de escenas, incluso reacciones de otros personajes hacia Víctor, sin estar el personaje delante.

Mientras tanto, continuaban los problemas de iluminación: al productor Wallis el escenario le parecía demasiado brillante, más propio de un cabaret parisino que de un café de refugiados. Finalmente, Henried llegó por fin al set y, con su impulso entusiasta, el equipo terminó todas las escenas del Rick's a principios de julio. En cuatro días más, filmaron las escenas de la oficina de Strasser, las de la jefatura del capitán Renault y las breves escenas en el aeropuerto de Van Nuys, convenientemente disfrazado de aeropuerto marroquí (el de Los Angeles, demasiado grande y moderno, resultaba además peligroso en plena guerra). Con todos estos avances, ya sólo faltaba el desenlace, la secuencia más discutida y problemática de todas.

En efecto, aunque se empezó a rodar sin el guión definitivo, casi todos los problemas de la trama fueron resolviéndose sobre la marcha, incluso con dos o tres días de adelanto respecto al día de rodaje. Todo menos el desenlace, porque nadie estaba contento con la manera en que Rick enviaba a Elsa con Víctor. Por más vueltas que se le daba, el final parecía forzado e inconsistente. Elsa no podía irse sin poner objeciones, y Rick tampoco podía forzarla u obligarla de algún modo. Por otra parte, la interpretación de Bogart era tan convincente que Curtiz se preguntaba si la audiencia aceptaría ese final: si querrían ver al protagonista perdiendo al gran amor de su vida.

La discusión alcanzó proporciones gigantescas y llegó inevitablemente a los actores. Bergman era la más afectada, y argüía que necesitaba saber con quién se quedaría al final para actuar de un modo u otro en sus escenas con Rick y con Laszlo. Pero Curtiz no la sacaba del apuro: “Actúa de una forma intermedia”, le dijo un día. “No lo dejes muy claro, y ya veremos qué sucede”. Al fin, en uno de esos arranques suyos tan característicos, le dijo destempladamente: “¡Actores! ¡Actores! ¡Siempre queréis saberlo todo!”. Y se fue sin decir palabra.

Lo cierto es que urgía encontrar ese final. Y se escribieron otros tres desenlaces: 1) Rick moría en el aeropuerto ayudando a escapar a Laszlo; no funcionaba: demasiado triste para la audiencia. 2) Elsa abandonaba a su marido y se iba con Rick; tampoco encajaba: no era esa la conducta que aceptaríamos en ella, después de su fidelidad a Víctor. 3) Víctor muere en la escapada, dejando libre el paso a Rick; falso también: esto no sólo dejaba inacabada su labor patriótica, sino que echaba por los suelos el mensaje esperanzador del filme en plena guerra mundial.

Por fin se encendió la bombilla en la mente de los guionistas: Rick enviaba a Elsa con Víctor no por debilidad o despecho, sino porque entendía que su vida pertenecía a Laszlo; que él la necesitaba en su vida y también en su ideal patriótico, por eso le dice a ella poco antes del final: “Comprende que los problemas de tres personas no importan cuando el mundo entero está en juego... A nosotros, siempre nos quedará París”. Esta era, sin duda, la única razón que ella no podía discutir: la idea mágica del desprendimiento y de la fidelidad.

Con esto, el guión quedaba definitivamente salvado. Pero Curtiz temía que la solución llegara demasiado tarde, porque la escena iba a filmarse al día siguiente. Esa noche, todo el mundo se puso nervioso: mientras las máquinas de escribir tecleaban una y otra vez las copias de la secuencia, las máquinas de humo trabajaban durante horas para crear esa espesa niebla que vemos en la película (en sublime ignorancia de que Casablanca, junto al desierto africano, no ha conocido un día de niebla en toda su historia). Para completar el cuadro, Rick, Elsa y todos los demás visten impermeables: todos parecen preparados para una climatología jamás conocida en esas latitudes.

El rodaje se retrasa por fallos en la interpretación: hay que repetir las tomas porque los actores no pueden memorizar los diálogos que acaban de recibir hace unos instantes. Por si fuera poco, Bogart discute con el director: Curtiz quiere que dé a Elsa un último beso de despedida, pero Humphrey juzga ese acto como una compensación impropia: ceder en ese punto ante la audiencia supondría una contradicción con todo lo que acaba de decir, una negación explícita de su generosidad y su desprendimiento. Finalmente, se impone el criterio del actor, y a las siete de la tarde del día 3 de agosto de 1942 (tras 59 días de rodaje), Curtiz gritó la palabra “¡Corten!” por última vez.

A partir de entonces, empezaría la leyenda sobre el filme. Pero eso es ya otra historia, que merece ser contada en otra ocasión. A nosotros... siempre nos quedará Casablanca.

Alfonso Méndiz