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Asi se Hizo... Espartaco (Parte IV: Determinación del casting)



Con un primer bosquejo de guión en su poder, la búsqueda de otras estrellas que reforzaran el
reparto de Espartaco llevó a Kirk Douglas hasta la lejana Inglaterra. Tal como había hecho
en Los vikin­gos , Douglas también quería establecer en Espartaco lo que él de­nominaba
un "esquema idiomático" no exento de ironía: los sena­dores y jefes romanos debían ser
interpretados por ...

Con un primer bosquejo de guión en su poder, la búsqueda de otras estrellas que reforzaran el reparto de Espartaco llevó a Kirk Douglas hasta la lejana Inglaterra. Tal como había hecho en Los vikin­gos, Douglas también quería establecer en Espartaco lo que él de­nominaba un "esquema idiomático" no exento de ironía: los sena­dores y jefes romanos debían ser interpretados por actores ingle­ses, y los esclavos rebeldes y humildes por norteamericanos. La cues­tión del acento ya sería determinante en el disímil origen de los personajes: amos y esclavos.

Con este esquema en mente fue a entrevistarse en Londres con Lau­rence Olivier y Charles Laughton, dos auténticos reyes de la aris­tocracia interpretativa. El engreído Laughton, en una artimaña destinada a elevar el precio de su contratación, manifestó que el guión era, en su opinión, una porquería de pies a cabeza. Más con­descendiente se mostró el shakesperiano Olivier. Douglas, que aca­baba de trabajar junto a él y Burt Lancaster en El discípulo del dia­blo (1959), adaptación de una obra de Bernard Shaw, ya le había entregado un ejemplar de la novela de Howard Fast. Olivier no só­lo le comentó -ante la alarma de Douglas- que le encantaba el pa­pel de Espartaco, sino que él mismo podía encargarse de dirigir la película.

También Peter Ustinov -que ganaría el Oscar al mejor actor secundario por su trabajo- se mostró de acuerdo en interpretar el per­sonaje del codicioso Léntulo Batiato... siempre que le dejaran introducir algunas "pequeñas" modificaciones. Se empeñó en crear un pérfido personaje movido por el dinero -su gran pasión- y por su odio contra Craso. Hijo de un periodista ruso y de una madre con antecedentes franceses, el culto e inteligente actor británico se hizo muy pronto invitado imprescindible en las fiestas hollywoodienses, y hasta los oídos de Douglas llegaron sus acerados sar­casmos: "En una película de Kirk Douglas debes procurar no ac­tuar demasiado bien".

Estrellas americanas frente a divos ingleses

Con estos tres actores, Douglas había resuelto lo más complicado del reparto ro­mano (británico) y empezó la búsqueda del mundo esclavo (ameri­cano). Tony Curtis, compañero de Douglas en Los vikingos, se pre­sentó un buen día deseoso de interpretar un personaje en Espartaco y liquidar así la última obligación que contractualmente le quedaba con la Universal. Obligado como estaba ante el Estudio, Dou­glas tuvo que crear para él un personaje inexistente, el de Antonino, el esclavo poeta que se enrola en las filas de Espartaco y ve en él la figura de un padre. Fue precisamente esta modificación la que propició el idealizado desenlace de la historia: "Fi­nal­men­te -son palabras de Douglas-, los romanos nos obligan a luchar a muerte. El que sobreviva será crucificado. Ninguno de los dos quie­re que el otro sufra esa agonía, de modo que tratamos de matar­nos mutuamente. Yo mato a Tony. Lo consideramos justicia salo­mónica: él me había matado en Los vikingos".

Con algunas otras incorporaciones (John Gavin como Julio Cé­sar, Nina Foch como Helena Glabro y Herbert Lom como Ti­gra­nes), Douglas tenía ya casi todo el casting. Faltaba sin embargo la ac­triz que pudiera encarnar a Varinia, la esclava unida a Espartaco y madre de su hijo. Ingrid Bergman rechazó la oferta. Douglas pen­só entonces en Jeanne Moreau y fue a verla a París, donde esta­ba actuando en un teatro, y se ofreció a indemnizarla si dejaba la obra para incorporarse al rodaje. La actriz francesa desdeñó la pro­puesta, también por motivos sentimentales. Y su interés por en­contrar a una intérprete extranjera le llevó a contratar a una oscu­ra actriz alemana llamada Sabine Bethman. Con ella sí estaba to­do, al menos por el momento.

Alfonso Méndiz
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